Aforo completo

Hace siglos que alguien debiera haber colgado el cartel, cuando la situación aún podía resultar controlable sin tener que llegar a decisiones o medidas drásticas.

Quizás, en vez de preocuparse tanto por tantísima demagógica necedad -no hay más que echar un vistazo a los titulares de prensa-, alguien debería ocuparse en colgar el cartel de ‘Aforo Completo’ en, por ejemplo, lo alto de la Torre Eiffel. Dicen que de por allí traen las cigüeñas todos los bebés, ¿no?

Llegamos demasiado tarde a un mundo demasiado viejo

Fragata del siglo XVIII, de aquella era en la que los barcos eran de madera y los hombres de hierro. -Reproducción de un cuadro de Geoff Hunt-.

            «Querido  (........),  que no se te salten las lágrimas, esto no es lo que era. Yo ya llegué al gremio tarde, engañado por cuentos de viejos y por libros de aventuras; y ya casi nada queda de lo que nos narraron O'Brian, Salgari, Melville, London, Slocum, Conrad o Stevenson. … Continúa leyendo Llegamos demasiado tarde a un mundo demasiado viejo

Esos locos inconscientes en sus aparatos voladores 

Un aeroplano sobrevuela alegremente una cordillera rocosa. (Fotografía de autor desconocido)

Luanda, Angola. A 1 de abril del 2009. Miércoles. Aunque el hechizo de África me impele a permanecer observando acodado en la ventana de mi habitación del hotel en el que me hospedo, en Luanda, me obligo a venir a sentarme a continuar el relato de este viaje.

El sino del marino

En tierra o en la Mar, no te librarás de baldear. Ése parece, en efecto, mi sino. Durante largos años como marinero baldeé, con frecuencia a diario, cubiertas de barcos de guerra, de barcos mercantes, de barcos de pesca... por la mañana temprano por costumbre, antes de rayar el alba. Antes de entrar en puerto … Continúa leyendo El sino del marino

Las horas Mangbetú

Abrí despacio la pesada puerta y, bajando unos escaloncitos, penetré en el interior. Un serio librero me miró fugazmente al entrar, para al momento volver a sus silenciosos menesteres tras el mostrador sin apenas moverse. Miles de volúmenes llenaban estanterías que subían del suelo al techo, y montones de libros se apilaban en el suelo, o sobre sillas, o en el alféizar de una lóbrega ventana que apenas se podía adivinar tras tanto ejemplar.