Navegando por las páginas de la historia

En una de mis librerías anticuarias favoritas, el amable librero me mostró un ejemplar que me hizo temblar el pulso. Sostuve en mis manos durante un rato un auténtico tesoro: el ‘Compendio de navegación’… ¡de Jorge Juan!

La soledad del marino

Playa de Almenara, a 29 de mayo del 2011. Domingo. Tarde perezosa en la Playa de Almenara. A una mañana ociosa siguió una pantagruélica comida y, tras ella, la consecuente siesta. Subí a mi camarote y me tumbé en la cama, sobre la suave colcha beige de verano. A través de la ventana abierta llegaba el rumor de las olas batiendo en la playa, y la brisa marina hacía ondular caprichosamente las largas cortinas de lino, a través de las cuales se filtraba la luminosidad del mediodía mediterráneo. Junto a la ventana tengo uno de esos colgantes que tintinean con el movimiento; con la brisa, los pequeños delfines metálicos que penden de sus hilos campanean con delicadeza. Es un recuerdo que traje hace años de... de algún puerto del Mediterráneo oriental, aunque no recuerdo ya cual. Quizás fuera Tesalónica, o Suda. O tal vez Antalya, o Limassol. Chi lo sa.

¿Y después… ?

Jóvenes de la plataforma “¡Indignaos!” manifestándose en Madrid. EFE / MADRID Día 17/05/2011 - 18.08h ABC.es

Playa de Almenara, a 17 de mayo del 2011. Martes. Estar de nuevo en tierra supone muchas diferencias respecto a verme rodeado durante días de océano por todas partes hasta donde la vista alcanza. Entre otras muchas cosas, no todas ellas agradables, me permite mantenerme algo más al día de lo que dicen que pasa en el mundo. Y digo dicen, porque del dicho al hecho hay un largo trecho. No nos cuentan ni la mitad, y ésta frecuentemente nos llega tan manipulada que tiene la credibilidad de un cuento chino.

Andanada a un patrullero

Patrullera de Navantia para Venezuela

Mientras recorro por enésima vez los treinta y dos pasos de la manga del puente, con las manos a la espalda y absorto en mis pensamientos, me pregunto qué me deparará el futuro. Se abre ante mí un devenir cargado de incertidumbre. Aún así, si pudiera elegir, preferiría no conocerlo. Perdido en mis cavilaciones me encuentro cuando se abre la puerta y entran en el puente los dos capitanes, el aún al mando y su relevo. El primer oficial, a cuya guardia estoy agregado, traba conversación con ellos.

Esto se acaba, piloto

A bordo del Reyes V, en la Mar. En los 30º 47’N 012º 43’W, rumbo a Sevilla. A 30 de abril del 2011. Sábado. Hace unas horas largamos amarras del puerto de Santa Cruz, arrumbando al Norleste en demanda del faro de Chipiona, en la desembocadura del río Guadalquivir. Es ése mi singular punto de vista en un barco y unos tiempos en los que los marinos siguen derrotas en cartas electrónicas y navegan en demanda del último waypoint marcado en el potente y preciso receptor GPS, substituyendo los prismáticos por eficaces radares y los timoneles por infatigables pilotos automáticos. Unos tiempos en los que las máquinas navegan por nosotros.

Un fin de campaña de entrañables reencuentros

A bordo del Reyes V, en la Mar En los 34º 29’N, 009º 12’W, rumbo a Santa Cruz de Tenerife. A 20 de abril del 2011. Miércoles. Navego ya la última semana a bordo del Reyes V. A la vuelta de éste, mi postrero viaje, desembarcaré en Sevilla tras remontar el Guadalquivir por última vez. Luego vendrá otra semana incorporado a mi unidad de la Armada y tras ella, vuelta a casa. Luego, Dios dirá.

Vuelta al Reyes V

El capitán fuma en silencio en su cómodo sillón de cuero negro, firmemente anclado a cubierta frente a las pantallas de los radares. Observa el horizonte por encima de las pantallas y a través de una densa nube de humo de tabaco, con rostro cansado. Yo permanezco en pie a estribor, más allá de la mesa de cartas, repasando el Reglamento de Abordajes y con un ojo puesto en el horizonte.

La cachicuerna

Flotilla de AVEs atracados en la estación.

Salí de la estación. El día había amanecido nublado y fresco, gris, pero no parecía amenazar lluvia. Pensé en obsequiarme con un chocolate con churros en el Avenida, un café clásico de la ciudad, de los de toda la vida. Atravesé el aparcadero de la estación y descendí la escalinata de piedra hasta la Avenida de Compostela, con sus grandes árboles meciéndose al viento.

Al garete

Los estibadores sevillanos estiban los contenedores sobre sus plataformas en la bodega principal del barco.

Anoche descendimos el río Guadalquivir, desembocando en el Océano Atlántico poco antes del comienzo de mi guardia nocturna. Salidos de la barra del río viramos a babor fijando rumbo suroeste, directo a Santa Cruz. El viento, Levante frescachón, refrescaba a medida que nos alejábamos de costa y perdíamos el socaire de tierra.

La terraza de Sevilla

El Puente de San Telmo y la Torre del Oro, a orillas del Guadalquivir, al atardecer.

Está ya atardeciendo y ahora el ambiente resulta agradable, a la sombra de los naranjos en flor y de los castizos edificios de la calle Betis. Frente a mí, en la orilla opuesta del río, la Torre del Oro. La ciudad huele a azahar...