Buena proa, compañero

A punto de cruzar las Columnas de Hércules, dejando atrás el viejo Mare Nostrum para adentrarnos en el Mare Tenebrorum.

A bordo del Lola, en la Mar. A 6 de septiembre del 2011. Martes. Escribo estas líneas desde la soledad de mi camarote, surcando las quedas aguas del Mar de Liguria que se extienden ante mi vista más allá del portillo. Por estribor se adivina, difusamente definida a través de la bruma matinal, la Isla de la Gorgona. Me gusta navegar por el viejo Mare Nostrum, un mar cargado de historia, leyenda, mito y tragedia. Surcar las mismas aguas que navegaron fenicios, griegos, persas, cartagineses, romanos, moros y cristianos desde los albores de la Historia hasta el día de hoy. Las mismas aguas del mar que surcó Ulises en su mítica Odisea, veintiocho siglos atrás. Un mar que fue cuna y motor de civilizaciones y que simboliza la esencia de lo que hoy nosotros somos.

Un día en Génova

(...) También había buen número de madonnas en aparatosas y recargadas hornacinas de piedra situadas en esquinas de edificios, vírgenes consagradas tal vez a marinos y navegantes, o quizás a mercaderes o soldados.

A bordo del Lola, en la mar, en los 41º 04’N y 010º 17’E. Navegando en demanda de Cap Bon. A 6 de septiembre del 2011. Martes. Ayer pasé el día en la ciudad. Habíamos zarpado de Livorno a primera hora de la mañana del sábado. Las operaciones de carga habían finalizado poco antes de las cuatro de la mañana, (...) Recalamos en Génova en torno al mediodía y fondeamos en la profunda rada de su golfo, prácticamente en el mismo lugar que en el anterior viaje.

Retazos del pasado

El Lola atracado en la Darsena Toscana del puerto de Livorno.

Entre los diversos cargueros de variados pabellones llamó mi atención un viejo mercante de cabotaje de línea clásica y poca eslora; así mi catalejo, desplegándolo y abriendo las piernas en el inútil ejercicio de compensar un balance inexistente en tierra. Lo observé detenidamente a través de las lentes.

Avería en Casablanca

Vista del muelle en el que atracamos, el Quai du Terminal à conteneurs, en la nueva terminal de contenedores del puerto de Casablanca.

A bordo del Lola, atracados en Casablanca, Marruecos. A 29 de agosto del 2011. Lunes. Me encontraba yo en mi camarote, escribiendo, cuando sonó el teléfono interno. El capitán me avisaba del fin de las operaciones de carga y la inminente maniobra de salida. Cerré mi Mac, me preparé y subí al puente. Allí me puse de inmediato a alistar el puente para salir a la Mar encendiendo y configurando equipos, preparando cuadernos...

Un paseo por Sfax

Vista del tunecino puerto de Sfax.

Acabo de regresar a bordo tras un breve paseo por Sfax, una ciudad portuaria tunecina próxima a la frontera de Libia. Anoche recalamos en el puerto tras una maniobra tensa y larga. Para entrar en el puerto de Sfax proviniendo del Norte hay que dar un gran rodeo a fin de sortear una extensa área de muy poco fondo, entre medio y tres metros de sonda, en torno a las islas de Chergui y Gharbi y los Bancos Kerkenah. Llegamos poco después del anochecer, aunque antes del orto lunar.

Travesía hasta Génova

Atardecer mediterráneo, fondeados en el Golfo de Génova.

Esta guardia de alba resultó deliciosa. Comenzó a las cuatro de la madrugada, como siempre, y a unas tres millas escasas del dispositivo de separación de tráfico de Cabo de Gata. Durante el tiempo que tardamos en atravesarlo, doblando Gata y arrumbando al Norleste hasta quedar francos de tráfico, no tuve apenas tiempo de disfrutar de la plácida noche. Mi atención estaba centrada en el paso del dispositivo y mis sentidos puestos en los barcos que iban y venían entre el Estrecho de Gibraltar y las rutas mediterráneas que confluyen en el Cabo de Gata.

El polizón

Uno de los estibadores tumbado en el muelle a la sombra del Lola. En África, las cosas se toman con calma.

Recalamos en Casablanca a media mañana, hora del reloj de bitácora, pero recibimos orden de fondear. Estamos en el mes de Ramadán, festividad religiosa musulmana durante la cual los fieles -y no tan fieles- no pueden comer ni beber durante el día, y es probablemente por ello que reducen considerablemente sus jornadas de trabajo. Apenas una hora después de haber anclado nos dieron orden de levantar el fondeo y proceder a puerto. Justo a nuestra hora de comer, por supuesto. Siempre sucede así.

Llegada al Lola

(...) Y así, aprovecho estos momentos de calma para escribir, sentado frente a la mesa de mi camarote -el más amplio, con mucha diferencia, que jamás he tenido- inundado por la intensa y cálida luminosidad del atardecer africano, y mecido por la mar de leva atlántica, en su incesante vaivén.

Andanada a un patrullero

Patrullera de Navantia para Venezuela

Mientras recorro por enésima vez los treinta y dos pasos de la manga del puente, con las manos a la espalda y absorto en mis pensamientos, me pregunto qué me deparará el futuro. Se abre ante mí un devenir cargado de incertidumbre. Aún así, si pudiera elegir, preferiría no conocerlo. Perdido en mis cavilaciones me encuentro cuando se abre la puerta y entran en el puente los dos capitanes, el aún al mando y su relevo. El primer oficial, a cuya guardia estoy agregado, traba conversación con ellos.

Esto se acaba, piloto

A bordo del Reyes V, en la Mar. En los 30º 47’N 012º 43’W, rumbo a Sevilla. A 30 de abril del 2011. Sábado. Hace unas horas largamos amarras del puerto de Santa Cruz, arrumbando al Norleste en demanda del faro de Chipiona, en la desembocadura del río Guadalquivir. Es ése mi singular punto de vista en un barco y unos tiempos en los que los marinos siguen derrotas en cartas electrónicas y navegan en demanda del último waypoint marcado en el potente y preciso receptor GPS, substituyendo los prismáticos por eficaces radares y los timoneles por infatigables pilotos automáticos. Unos tiempos en los que las máquinas navegan por nosotros.