Buena proa, compañero

A punto de cruzar las Columnas de Hércules, dejando atrás el viejo Mare Nostrum para adentrarnos en el Mare Tenebrorum.

A bordo del Lola, en la Mar. A 6 de septiembre del 2011. Martes. Escribo estas líneas desde la soledad de mi camarote, surcando las quedas aguas del Mar de Liguria que se extienden ante mi vista más allá del portillo. Por estribor se adivina, difusamente definida a través de la bruma matinal, la Isla de la Gorgona. Me gusta navegar por el viejo Mare Nostrum, un mar cargado de historia, leyenda, mito y tragedia. Surcar las mismas aguas que navegaron fenicios, griegos, persas, cartagineses, romanos, moros y cristianos desde los albores de la Historia hasta el día de hoy. Las mismas aguas del mar que surcó Ulises en su mítica Odisea, veintiocho siglos atrás. Un mar que fue cuna y motor de civilizaciones y que simboliza la esencia de lo que hoy nosotros somos.

El tratado del capitán Ciscar

D. Gabriel Ciscar y Ciscar, capitán de la Real Armada.

Siendo como soy, amante de los libros y la literatura, entre mis mayores aficiones se encuentra la de visitar librerías de viejo o de lance y librerías anticuarias, donde se amontonan obras antiguas, descatalogadas, casi desaparecidas y a menudo olvidadas.

Las horas Mangbetú

Abrí despacio la pesada puerta y, bajando unos escaloncitos, penetré en el interior. Un serio librero me miró fugazmente al entrar, para al momento volver a sus silenciosos menesteres tras el mostrador sin apenas moverse. Miles de volúmenes llenaban estanterías que subían del suelo al techo, y montones de libros se apilaban en el suelo, o sobre sillas, o en el alféizar de una lóbrega ventana que apenas se podía adivinar tras tanto ejemplar.