La carta 1439

La carta 1439 del Almirantazgo, Sicilia to Nísos Kríti.

Comencé a inspeccionar las halladas en mi camarote. Mientras las recorría una a una -debe de haber casi cien- iba viendo diferentes puertos y costas y mares. Una colección de maestros clásicos de jazz sonaba en mi Mac; Chet Baker sucedía a Charlie Mingus y yo desplegaba sobre el escritorio la carta 1439 del Almirantazgo, Sicilia to Nísos Kríti.

Largando amarras de Valencia

Chimena del Cabo Cee y contraseña de la naviera armadora

Recorrí con la mirada la larga hilera de norays solitarios del vacío muelle, que tantos barcos vieron llegar y zarpar. A veces me recuerdan a ancianos marinos sentados en los muelles viendo ir y venir los barcos, los tiempos y la vida, y recordando tiempos pasados.

Último tornaviaje en el Lola

@_elnavegante_ navegando hacia el atardecer en el último tornaviaje del Lola.

A veces salgo al alerón y me asomo, acodado en la regala, y observo la Mar con detenimiento desde unos treinta metros de altura. Observo su voluble superficie -azul, verde, gris, negra…-. La escruto intentando en vano penetrar en sus ocultos misterios. Me pregunto qué albergará en sus profundidades, qué secretos esconderá. Qué habrá allá abajo, muy abajo, en el lecho marino; en esos obscuros y silenciosos abismos que nadie nunca ha explorado. Cómo será la vida allí, cómo los seres que la habitan, allá donde no llega la luz jamás.

Los barcos se pierden en tierra, y las vidas se las cobra la Mar

Recuerdo a los que la Mar se llevó en la Costa da Morte.

A bordo del Lola, en la Mar. En los 36º 10’N, 011º 30’E Navegando en demanda de Cap Bon. A 9 de octubre del 2011. Domingo. Esta madrugada zarpamos por última vez de Sfax. Al salir de guardia a las ocho de la mañana, ya navegando en mar abierta, bajé a desayunar el habitual chocolate con churros dominical. Luego subí a mi camarote, me recliné en el cómodo sillón de piel sintética negra y me sumergí en el libro que estoy leyendo, el octavo de los doce que me acompañan esta campaña. Al acabar un capítulo completo cerré el libro. Observé a través del portillo que el viento había refrescado, Sudoeste de más de treinta nudos, a ojo. Soplaba el Libeccio, que dicen los italianos. Nuestro Lebeche. La Mar, de un color verdoso muy obscuro que me recuerda a los jardines de las esmeraldas, está por todas partes cimada de blancas rompientes de espuma. Cúmulus grisáceos se desplazan velozmente hacia el Norleste, bajo los deshilachados cirros de las capas más altas de la atmósfera. Entre todas ellas se atisban huecos de cielo celeste.

Días anodinos

La recta estela del Lola a través del Mediterráneo.

A bordo del Lola, en la Mar; en los 37º 30’N y 009º 25’E. A 24 de septiembre del 2011. Sábado. Hace unas horas doblamos Cap Bon y enfilamos ya rumbo a Poniente. Correremos la costa de la Berbería en demanda del Estrecho de Gibraltar y en poco más de cuatro días daremos amarras al puerto de Las Palmas de Gran Canaria.

Otoño

El Mistral encrespa la Mar

A bordo del Lola, en la Mar; en los 41º 03’N y 002º 37’E. A 18 de septiembre del 2011. Domingo. Guardia de alba. El minutero del reloj de bitácora marca poco más de las cuatro y cuarto de la madrugada. Tras gobernar a un solitario buque que venía de vuelta encontrada fui cayendo de nuevo a babor para volver a nuestro rumbo de viaje. Nos cruzamos con el pequeño carguero a unos escasos siete cables, babor con babor. Sus faroles de navegación, indicando su posición y rumbo -rojo y verde los laterales, blancos los topes y alcance- se distinguían con nitidez sobre la negra silueta que se perfilaba en el obscuro horizonte.

Retazos del pasado

El Lola atracado en la Darsena Toscana del puerto de Livorno.

Entre los diversos cargueros de variados pabellones llamó mi atención un viejo mercante de cabotaje de línea clásica y poca eslora; así mi catalejo, desplegándolo y abriendo las piernas en el inútil ejercicio de compensar un balance inexistente en tierra. Lo observé detenidamente a través de las lentes.

Travesía hasta Génova

Atardecer mediterráneo, fondeados en el Golfo de Génova.

Esta guardia de alba resultó deliciosa. Comenzó a las cuatro de la madrugada, como siempre, y a unas tres millas escasas del dispositivo de separación de tráfico de Cabo de Gata. Durante el tiempo que tardamos en atravesarlo, doblando Gata y arrumbando al Norleste hasta quedar francos de tráfico, no tuve apenas tiempo de disfrutar de la plácida noche. Mi atención estaba centrada en el paso del dispositivo y mis sentidos puestos en los barcos que iban y venían entre el Estrecho de Gibraltar y las rutas mediterráneas que confluyen en el Cabo de Gata.

Llegada al Lola

(...) Y así, aprovecho estos momentos de calma para escribir, sentado frente a la mesa de mi camarote -el más amplio, con mucha diferencia, que jamás he tenido- inundado por la intensa y cálida luminosidad del atardecer africano, y mecido por la mar de leva atlántica, en su incesante vaivén.