Un día en Génova

(...) También había buen número de madonnas en aparatosas y recargadas hornacinas de piedra situadas en esquinas de edificios, vírgenes consagradas tal vez a marinos y navegantes, o quizás a mercaderes o soldados.

A bordo del Lola, en la mar, en los 41º 04’N y 010º 17’E. Navegando en demanda de Cap Bon. A 6 de septiembre del 2011. Martes. Ayer pasé el día en la ciudad. Habíamos zarpado de Livorno a primera hora de la mañana del sábado. Las operaciones de carga habían finalizado poco antes de las cuatro de la mañana, (...) Recalamos en Génova en torno al mediodía y fondeamos en la profunda rada de su golfo, prácticamente en el mismo lugar que en el anterior viaje.

Travesía hasta Génova

Atardecer mediterráneo, fondeados en el Golfo de Génova.

Esta guardia de alba resultó deliciosa. Comenzó a las cuatro de la madrugada, como siempre, y a unas tres millas escasas del dispositivo de separación de tráfico de Cabo de Gata. Durante el tiempo que tardamos en atravesarlo, doblando Gata y arrumbando al Norleste hasta quedar francos de tráfico, no tuve apenas tiempo de disfrutar de la plácida noche. Mi atención estaba centrada en el paso del dispositivo y mis sentidos puestos en los barcos que iban y venían entre el Estrecho de Gibraltar y las rutas mediterráneas que confluyen en el Cabo de Gata.

El polizón

Uno de los estibadores tumbado en el muelle a la sombra del Lola. En África, las cosas se toman con calma.

Recalamos en Casablanca a media mañana, hora del reloj de bitácora, pero recibimos orden de fondear. Estamos en el mes de Ramadán, festividad religiosa musulmana durante la cual los fieles -y no tan fieles- no pueden comer ni beber durante el día, y es probablemente por ello que reducen considerablemente sus jornadas de trabajo. Apenas una hora después de haber anclado nos dieron orden de levantar el fondeo y proceder a puerto. Justo a nuestra hora de comer, por supuesto. Siempre sucede así.

Llegada al Lola

(...) Y así, aprovecho estos momentos de calma para escribir, sentado frente a la mesa de mi camarote -el más amplio, con mucha diferencia, que jamás he tenido- inundado por la intensa y cálida luminosidad del atardecer africano, y mecido por la mar de leva atlántica, en su incesante vaivén.

Andanada a un patrullero

Patrullera de Navantia para Venezuela

Mientras recorro por enésima vez los treinta y dos pasos de la manga del puente, con las manos a la espalda y absorto en mis pensamientos, me pregunto qué me deparará el futuro. Se abre ante mí un devenir cargado de incertidumbre. Aún así, si pudiera elegir, preferiría no conocerlo. Perdido en mis cavilaciones me encuentro cuando se abre la puerta y entran en el puente los dos capitanes, el aún al mando y su relevo. El primer oficial, a cuya guardia estoy agregado, traba conversación con ellos.

Esto se acaba, piloto

A bordo del Reyes V, en la Mar. En los 30º 47’N 012º 43’W, rumbo a Sevilla. A 30 de abril del 2011. Sábado. Hace unas horas largamos amarras del puerto de Santa Cruz, arrumbando al Norleste en demanda del faro de Chipiona, en la desembocadura del río Guadalquivir. Es ése mi singular punto de vista en un barco y unos tiempos en los que los marinos siguen derrotas en cartas electrónicas y navegan en demanda del último waypoint marcado en el potente y preciso receptor GPS, substituyendo los prismáticos por eficaces radares y los timoneles por infatigables pilotos automáticos. Unos tiempos en los que las máquinas navegan por nosotros.

Un fin de campaña de entrañables reencuentros

A bordo del Reyes V, en la Mar En los 34º 29’N, 009º 12’W, rumbo a Santa Cruz de Tenerife. A 20 de abril del 2011. Miércoles. Navego ya la última semana a bordo del Reyes V. A la vuelta de éste, mi postrero viaje, desembarcaré en Sevilla tras remontar el Guadalquivir por última vez. Luego vendrá otra semana incorporado a mi unidad de la Armada y tras ella, vuelta a casa. Luego, Dios dirá.

Al garete

Los estibadores sevillanos estiban los contenedores sobre sus plataformas en la bodega principal del barco.

Anoche descendimos el río Guadalquivir, desembocando en el Océano Atlántico poco antes del comienzo de mi guardia nocturna. Salidos de la barra del río viramos a babor fijando rumbo suroeste, directo a Santa Cruz. El viento, Levante frescachón, refrescaba a medida que nos alejábamos de costa y perdíamos el socaire de tierra.

La terraza de Sevilla

El Puente de San Telmo y la Torre del Oro, a orillas del Guadalquivir, al atardecer.

Está ya atardeciendo y ahora el ambiente resulta agradable, a la sombra de los naranjos en flor y de los castizos edificios de la calle Betis. Frente a mí, en la orilla opuesta del río, la Torre del Oro. La ciudad huele a azahar...

A través del portillo

El atardecer reflejado en el cristal del portillo de mi camarote, mientras surcamos el Atlántico rumbo a las Islas Afortunadas. Bajo este portillo escribo estas entradas.

A bordo del Reyes V, en la Mar. En algún lugar entre las islas y la Península, primer tornaviaje. A 19 de marzo del 2011. Sábado. Estoy escribiendo ahora en un marco delicioso. Conseguí abrir el portillo de mi camarote; costó lo suyo, debía llevar décadas herméticamente cerrado. El calor comenzaba a ser muy molesto, bochornoso. Ahora la brisa atlántica refresca el interior de mi camarote, deslizándose entre mi camisa medio desabrochada y mi piel, recién salida de la ducha...