Regreso a mi ría

El Forte de Outão, guardando la entrada al estuario del Sado

Hace algo más de diez días zarpamos del puerto africano y arrumbamos al Norte, en demanda de La Coruña. Durante la tarde de la primera singladura, rebasados los 32º de latitud Norte, el viento arreció y fue refrescando hasta alcanzar fuerza ocho. El bóreas soplaba y levantaba las olas que barrían la cubierta, el Cabo Cee ascendía y descendía encapillando golpes de mar y las tapas de las bodegas crujían y rechinaban con la torsión del buque, sonido que resonaba entre cavernoso y estridente en el interior de las lóbregas bodegas... pues ahí me encontraba yo, con el contramaestre y los marineros...

Agadir

Las grúas descargan los buques atracados en los muelles de Agadir.

Agadir. Esta ciudad africana, fundada por navegantes portugueses hace más de cinco siglos, es en la actualidad un destacado destino turístico. Su puerto sigue siendo importante, sobre todo el pesquero. Nosotros estamos amarrados en el Port D’Anza, que es una extensión al puerto viejo; un nuevo puerto comercial más grande y apropiado al tráfico mercante de estos tiempos.

Anclados frente a la costa africana

Luna llena sobre Agadir

La Luna estaba llena y se alzaba sobre Agadir, cuyo bullicio podía apreciarse como un sordo murmullo en la noche. Las luces de la ciudad y del puerto lanzaban reflejos anaranjados y titilantes sobre la Mar.

La carta 1439

La carta 1439 del Almirantazgo, Sicilia to Nísos Kríti.

Comencé a inspeccionar las halladas en mi camarote. Mientras las recorría una a una -debe de haber casi cien- iba viendo diferentes puertos y costas y mares. Una colección de maestros clásicos de jazz sonaba en mi Mac; Chet Baker sucedía a Charlie Mingus y yo desplegaba sobre el escritorio la carta 1439 del Almirantazgo, Sicilia to Nísos Kríti.

Largando amarras de Valencia

Chimena del Cabo Cee y contraseña de la naviera armadora

Recorrí con la mirada la larga hilera de norays solitarios del vacío muelle, que tantos barcos vieron llegar y zarpar. A veces me recuerdan a ancianos marinos sentados en los muelles viendo ir y venir los barcos, los tiempos y la vida, y recordando tiempos pasados.

Último tornaviaje en el Lola

@_elnavegante_ navegando hacia el atardecer en el último tornaviaje del Lola.

A veces salgo al alerón y me asomo, acodado en la regala, y observo la Mar con detenimiento desde unos treinta metros de altura. Observo su voluble superficie -azul, verde, gris, negra…-. La escruto intentando en vano penetrar en sus ocultos misterios. Me pregunto qué albergará en sus profundidades, qué secretos esconderá. Qué habrá allá abajo, muy abajo, en el lecho marino; en esos obscuros y silenciosos abismos que nadie nunca ha explorado. Cómo será la vida allí, cómo los seres que la habitan, allá donde no llega la luz jamás.

Los barcos se pierden en tierra, y las vidas se las cobra la Mar

Recuerdo a los que la Mar se llevó en la Costa da Morte.

A bordo del Lola, en la Mar. En los 36º 10’N, 011º 30’E Navegando en demanda de Cap Bon. A 9 de octubre del 2011. Domingo. Esta madrugada zarpamos por última vez de Sfax. Al salir de guardia a las ocho de la mañana, ya navegando en mar abierta, bajé a desayunar el habitual chocolate con churros dominical. Luego subí a mi camarote, me recliné en el cómodo sillón de piel sintética negra y me sumergí en el libro que estoy leyendo, el octavo de los doce que me acompañan esta campaña. Al acabar un capítulo completo cerré el libro. Observé a través del portillo que el viento había refrescado, Sudoeste de más de treinta nudos, a ojo. Soplaba el Libeccio, que dicen los italianos. Nuestro Lebeche. La Mar, de un color verdoso muy obscuro que me recuerda a los jardines de las esmeraldas, está por todas partes cimada de blancas rompientes de espuma. Cúmulus grisáceos se desplazan velozmente hacia el Norleste, bajo los deshilachados cirros de las capas más altas de la atmósfera. Entre todas ellas se atisban huecos de cielo celeste.

Los piratas tunecinos

Las autoridades de aduanas se acercan ... Vis cómica del dibujante holandés Jan Sanders.

Ya en el puente, tras tomar la guardia, observé la Mar con detenimiento. La Luna ya se había puesto y nubes negras cubrían el firmamento, era una noche obscura. El viento era fresco, del Sudoeste; aquel que los italianos denominan Libeccio, nuestro Lebeche. La Mar nos incidía por la amura de estribor, las olas golpeando con estruendo acompasado contra el casco del buque.

Con lo grande que es la Mar

La amenazadora proa de un carguero de 106.000 toneladas de peso muerto arrumbando directa a nosotros.

A bordo del Lola, en la Mar, en los 32º 50’N, 009º 45’W A 27 de septiembre del 2011. Martes. «Parece mentira. Con lo grande que es la Mar, y la cantidad de veces que vas a coincidir con otro buque en un mismo punto exacto en el mismo preciso instante» me dije para mis adentros.

Días anodinos

La recta estela del Lola a través del Mediterráneo.

A bordo del Lola, en la Mar; en los 37º 30’N y 009º 25’E. A 24 de septiembre del 2011. Sábado. Hace unas horas doblamos Cap Bon y enfilamos ya rumbo a Poniente. Correremos la costa de la Berbería en demanda del Estrecho de Gibraltar y en poco más de cuatro días daremos amarras al puerto de Las Palmas de Gran Canaria.