Travesía hasta Génova

Atardecer mediterráneo, fondeados en el Golfo de Génova.

Esta guardia de alba resultó deliciosa. Comenzó a las cuatro de la madrugada, como siempre, y a unas tres millas escasas del dispositivo de separación de tráfico de Cabo de Gata. Durante el tiempo que tardamos en atravesarlo, doblando Gata y arrumbando al Norleste hasta quedar francos de tráfico, no tuve apenas tiempo de disfrutar de la plácida noche. Mi atención estaba centrada en el paso del dispositivo y mis sentidos puestos en los barcos que iban y venían entre el Estrecho de Gibraltar y las rutas mediterráneas que confluyen en el Cabo de Gata.

El polizón

Uno de los estibadores tumbado en el muelle a la sombra del Lola. En África, las cosas se toman con calma.

Recalamos en Casablanca a media mañana, hora del reloj de bitácora, pero recibimos orden de fondear. Estamos en el mes de Ramadán, festividad religiosa musulmana durante la cual los fieles -y no tan fieles- no pueden comer ni beber durante el día, y es probablemente por ello que reducen considerablemente sus jornadas de trabajo. Apenas una hora después de haber anclado nos dieron orden de levantar el fondeo y proceder a puerto. Justo a nuestra hora de comer, por supuesto. Siempre sucede así.

Llegada al Lola

(...) Y así, aprovecho estos momentos de calma para escribir, sentado frente a la mesa de mi camarote -el más amplio, con mucha diferencia, que jamás he tenido- inundado por la intensa y cálida luminosidad del atardecer africano, y mecido por la mar de leva atlántica, en su incesante vaivén.

Andanada a un patrullero

Patrullera de Navantia para Venezuela

Mientras recorro por enésima vez los treinta y dos pasos de la manga del puente, con las manos a la espalda y absorto en mis pensamientos, me pregunto qué me deparará el futuro. Se abre ante mí un devenir cargado de incertidumbre. Aún así, si pudiera elegir, preferiría no conocerlo. Perdido en mis cavilaciones me encuentro cuando se abre la puerta y entran en el puente los dos capitanes, el aún al mando y su relevo. El primer oficial, a cuya guardia estoy agregado, traba conversación con ellos.

Esto se acaba, piloto

A bordo del Reyes V, en la Mar. En los 30º 47’N 012º 43’W, rumbo a Sevilla. A 30 de abril del 2011. Sábado. Hace unas horas largamos amarras del puerto de Santa Cruz, arrumbando al Norleste en demanda del faro de Chipiona, en la desembocadura del río Guadalquivir. Es ése mi singular punto de vista en un barco y unos tiempos en los que los marinos siguen derrotas en cartas electrónicas y navegan en demanda del último waypoint marcado en el potente y preciso receptor GPS, substituyendo los prismáticos por eficaces radares y los timoneles por infatigables pilotos automáticos. Unos tiempos en los que las máquinas navegan por nosotros.

Un fin de campaña de entrañables reencuentros

A bordo del Reyes V, en la Mar En los 34º 29’N, 009º 12’W, rumbo a Santa Cruz de Tenerife. A 20 de abril del 2011. Miércoles. Navego ya la última semana a bordo del Reyes V. A la vuelta de éste, mi postrero viaje, desembarcaré en Sevilla tras remontar el Guadalquivir por última vez. Luego vendrá otra semana incorporado a mi unidad de la Armada y tras ella, vuelta a casa. Luego, Dios dirá.

Vuelta al Reyes V

El capitán fuma en silencio en su cómodo sillón de cuero negro, firmemente anclado a cubierta frente a las pantallas de los radares. Observa el horizonte por encima de las pantallas y a través de una densa nube de humo de tabaco, con rostro cansado. Yo permanezco en pie a estribor, más allá de la mesa de cartas, repasando el Reglamento de Abordajes y con un ojo puesto en el horizonte.

La cachicuerna

Flotilla de AVEs atracados en la estación.

Salí de la estación. El día había amanecido nublado y fresco, gris, pero no parecía amenazar lluvia. Pensé en obsequiarme con un chocolate con churros en el Avenida, un café clásico de la ciudad, de los de toda la vida. Atravesé el aparcadero de la estación y descendí la escalinata de piedra hasta la Avenida de Compostela, con sus grandes árboles meciéndose al viento.

Esos locos inconscientes en sus aparatos voladores 

Un aeroplano sobrevuela alegremente una cordillera rocosa. (Fotografía de autor desconocido)

Luanda, Angola. A 1 de abril del 2009. Miércoles. Aunque el hechizo de África me impele a permanecer observando acodado en la ventana de mi habitación del hotel en el que me hospedo, en Luanda, me obligo a venir a sentarme a continuar el relato de este viaje.